Inmigrante e inmobiliaria empiezan igual...

...Pero acaban diferente.

Sé que es un juego de palabras algo infantil, pero dice mucho de lo que estamos viviendo: aquí hace cosa de 7 u 8 años vivíamos en un país donde asistíamos atónitos a una carrera contra-reloj a ver quién construía más. La economía iba muy bien, especialmente porque los que se hinchaban a caviar y se esnifaban el dinero, tenían pocos gastos en lo referente a los sueldos de sus empleados.

Junto a mi casa, desde hace 2 o 3 años y hasta hace muy poco, en la Plaza Elíptica, podías ver, si madrugabas, un auténtico mercado de esclavos. Allí, gentes subsaharianas, latinoamericanas, marroquíes, o de Europa del Este (así de sencillo era hablar de ellos, qué lástima), esperaban a que alguna furgoneta, con el logotipo de una constructora, les ofreciera, con un grito desde la ventanilla, una (¡una!) jornada laboral completa (completísima: desde las 7 de la mañana hasta bien entrada la noche) por una ridícula cantidad de dinero. Si la cantidad no estaba tan mal, muchos de los demandantes de empleo se avalanzaban y el ofertante seleccionaba con el dedo el que le parecía mejor ("prefiero al negro, que los sudacas son muy vagos", se decían a sí mismos los encargados de las obras). Si el dinero que ofrecían era ridículo, daba igual, siempre había uno o dos dispuestos a rebajarse. Total, no iban a encontrar otra cosa, salvo que se pusieran a robar por el centro de Madrid.

Sobre las 9 de la mañana ya no quedaba nadie. La ciudad ya había despertado, y los que no habían encontrado un amo al que servir, se iban a buscarlo ellos mismos a las obras. Los que se iban a trabajar a esas horas ya no veían nada. La mayoría seguro que ni siquiera se han enterado aún hoy. Y algunos, aún así, te sueltan el consecuente "qué más da, lo que tienen que hacer si no encuentran trabajo es irse a su puto país".

No son pocos los que lo dicen: el Ministro de Trabajo y contra la inmigración ya ha adelantado el eje fundamental de sus políticas: los contratos en origen, que se vayan reduciendo hasta llegar a 0, que los españoles estamos primero y la cosa se está poniendo muy chunga. Así, los inmigrantes que vengan lo harán de forma ilegal. Y con esos, ya tenemos la solución, la UE nos lo ha puesto en bandeja: a la cárcel, por ilegales.

Si se quita uno los prejuicios hippies y buenrrollistas, parece un argumento racional: si vivimos una crisis, entonces lo de que nos quitan el trabajo parece cobrar sentido. Pero pensándolo un poco mejor (si es que nos quedan fuerzas) nos damos cuenta de que estamos pidiendo que paguen los mismos dos veces (hasta ahora, con los mercados de esclavos, y desde ahora con las "políticas restrictivas" o de cerrojazo). Si seguimos dándole vueltas, nos daremos cuenta de que además, el tinglado sirve para que el currante indígena se contente (así tengo menos posibilidades de irme yo al paro) y no se dé cuenta de que le han estado robando y maltratando antes, le están robando y maltratando ahora, y le van a seguir robando y maltratando desde ahora.

La tomadura de pelo es mayúscula: si la economía va muy bien, nos estrangulan a base de hipotecas y precariedad, pero nos hacen poner buena cara, porque siempre puede ser peor (siempre podrías ser tú el inmigrante). Si la cosa va mal, los inmigrantes se hunden los primeros y los nativos... ah! seguiremos pagando las hipotecas, con nuestros trabajos de mierda, y rodeados de la misma degradación.

En el fondo, me gustaría que se fueran todos los inmigrantes... así, veríamos qué nuevos y estúpidos argumentos nos enseñan en la tele para justificar el pisoteo al que estamos sometidos. Y algunos podríamos decir: "¿ves como no era cosa de los inmigranes?¿ves como los culpables eran otros?".

Lo más llamativo de todo es que, vaya bien la cosa o vaya mal, existen unos que no lo van a pagar nunca: los culpables. Los dueños de constructoras e inmobiliarias ya se han forrado. Les da igual cerrar la empresa que mantenerla mediante otro tinglado igual de putrefacto que el ladrillazo.

Inmigrantes e inmobiliarias empezaron de la mano (de la mano que el amo tendía al esclavo), pero acaban sus caminos de manera diferente. O mejor dicho, igual que siempre

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